Grapas. Trocitos de metal que muchas veces buscamos, y que raramente encontramos. Grapas. Que, cuando menos te lo esperas, se acaban deformando, abriendo paso a la confusión. Para mí, las grapas simbolizan muchas cosas. No sé si os ha pasado, pero al contrario que ocurre con los clavos, una grapa no suele sacar otra grapa... no hace sino más que reforzar lo que la otra sostiene. Y, ¡qué me decís del quitagrapas!... con su despiadado look y esos afilados dientes dispuestos a desgarrar a sangre fría...
Grapas... Hace poco grapé los apuntes del último año de carrera. Llevaban varios meses sueltos pero, una vez juntos, han pasado a conformar ya un pasado de mi vida. Un pasado del que tampoco se puede prescindir y al que seguramente recurriré con mis futuras dudas. Pero ahora yacen en la estantería, presa del polvo. Las grapas aportan un orden, aunque no deja de ser nuestra jerarquía. Las grapas unen y pasan páginas, cierran capítulos, engloban historias y conocimiento. Suelen ser mis favoritas.
Grapas... que cierran las heridas más profundas, las que requieren de cirugía, algunos días de reposo, y antisépticos adicionales. Heridas del alma con grapas de esperanza y tiempo, grapas que te penetran en la piel. Algunas, incluso, dejan cicatrices.
No se me pueden olvidar las grapas de bricolaje. Aquellas que sirven para reforzar y unir mejor las piezas de nuestra obra, las que hacen de nuestras "chapucillas" diarias algo más estable y muchas veces sempiterno. Grapas que tapizan, que culminan. Éstas también me gustan.
El mundo de las grapas y grapadoras es, sin lugar a dudas, dilatado. Perforar es, muchas veces, la solución para mantener la integridad. No obstante, hay que saber utilizar la grapadora adecuada y el calibre de grapa apropiado para cada ocasión...


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