San Patricio, aquel ínclito personaje que predicó años
ha en aquel inhóspito lugar y que, curiosamente, nosotros tomamos como propio.
Nosotros, afectados devotas del consumo masivo de cerveza y aduladores de
melodías célticas que resuenan armonizadas por aquel violín bajo corazones
ebrios y henchidos de pasión... ¡Qué fieles somos a las tradiciones de los
demás! ¡Qué patriotas de lo ajeno! Allí fue. En medio de ese forzado folclore
descubrí que no es blanco ni es negro, ni siquiera esa vasta amalgama de grises
que se inmiscuye entre medias: las
noches son en verde y negro.
Me encanta la luz. Es vertiginoso ver cómo
fluye, cómo refleja y cómo se absorbe la energía, aunque bien es cierto que no es oro
todo lo que reluce. Los colores definen muchos aspectos de nuestras vidas,
porque salí de punta en blanco, pero sin blanca, como un príncipe azul en
portada de prensa rosa, pensando que no debo abandonarme, nunca sabré si
conoceré a mi media naranja o a un viejo verde. Hay que ir pertrechado, sea
cual sea el final, acabes morado o amarillo. Llaves, mechero, tabaco, ánimos.
No faltaba nada.
En medio de aquel ejército de leprechauns lo vi todo de color de rosa y la
cerveza era negra, buen presagio. Aquí surgió el verde. Amarillo y azul se disputan la tonalidad. Dicen que el verde es
el color de la esperanza, de verdad lo dicen. Pero verde también es el
envidioso, y verde te tornas cuando te pintan de azul y oro. Verde está el que desconoce. Verde que te quiero verde. El tequila desgarraba notas de la garganta de aquel decrépito irlandés y todos
jaleaban, todos menos yo. Tan primario como el rojo, supuesto color de la
pasión, sostenía la jarra y oteaba el horizonte, lejos de la procastinación.
El blanco y en botella, el verde y con
asa. Una serpenteante y esquiva mirada. Dicen que a grandes males, grandes remedios, y qué mejor que ahuyentar esos males poniendo la mente en blanco. Y
aquí es cuando el verde pasa a ser negro, más negro que el Tito. Sucio como el
dinero monocromático.Tener la negra, verlo todo negro, negro como la endrina.
No es la ausencia, es la esencia. Negros
son los agujeros que evitamos, negras son las tardes de invierno.
Amanecía. La mezcolanza de azules del alba
inundaba las calles desiertas devolviendo el color a su original. Porque el
humor es amarillo, y a buenas horas mangas verdes. Horas después, hecho un
adefesio, un vulgar espantajo colmado de ardores abría la puerta y me fundía en
las sábanas, pensando que quizá el domingo mi resaca serían agujetas de color
de rosa... Los tréboles de cuatro hojas no existen ¡qué marrón!
Confío en regarme en busca de esos brotes verdes que alimentan la vida.
Confío en regarme en busca de esos brotes verdes que alimentan la vida.


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