Un portazo condujo a un silencio sepulcral. No había nadie en la habitación y las llaves tintinearon al rozarse con la mesa... el abrigo pesaba más de lo habitual. Empapado por la lluvia, se sentó en la cama para desnudarse los pies y descalzarse las piernas. Aún era temprano. Había salido a comprar sobres para mandar una carta, su última carta. Él ya había tomado una decisión y quería comenzar a escribir el prólogo de su nueva vida.
Fue a la cocina y liberó al pan de molde de la tremenda opresión que le producía el alambre. Despegó las lonchas del jamón, las colocó sin ningún concierto y, más tarde, devoró las entrañas de aquel porcino tentempié. La serenidad y la quietud del entorno más inmediato le agobiaban, golpeó con su puño la puerta del mueble escobero. Se sentó en el suelo y pidió, en silencio, el más grande de los auxilios.Resopló y encendió la radio...
El agua de la ducha ya no le mojaba, pero le templaba. El jabón no era lo único que irritaba sus ojos. La esponja le producía llagas al acariciar su piel. Casi sin secarse, se puso la vieja camiseta que seguía oliendo a ella y aquellos pantalones de franela que tantas noches en vela le habían acompañado. Sigiloso cogió la pluma y descendió, como a cámara lenta, hacia el sofá.
La música le mecía al abismo, le desollaba los brazos y practicaba la acupuntura en sus sentimientos. Tras unos minutos de tanteo, su muñeca empezó a trazar palabras en sangre,como si aquello no le costara, como si deseara darle alas a toda la rabia acumulada:
" Tenemos un problema, mejor dicho, lo tengo yo. Llevo algunas semanas en las que ya no me emociono cuando escucho tus mensajes en el contestador, siento que hablamos por compromiso y que tú me necesitas más de lo que te necesito yo a ti...."
Él sufría con cada palabra, pero no podía parar. El eco de su voz seguía resonando. Gritó. Asomó su cabeza por la ventana, entreabierta, y se oían los estruendos de la gran ciudad: conductores poco pacientes, sirenas, el chapotear de la chiquillería y cómo el viento susurraba melodías apocalípticas a través de las hojas de los castaños. La brisa le devolvió a una falsa serenidad. Encendió un pitillo y continuó escribiendo:
"Siento que luchar por esto ya no merece la pena. No tengo fuerzas para seguir. Sé que he hecho casi todo mal, que no me he anticipado, que soy lo suficientemente hombre como para hacerte el amor todas las noches, pero no lo soy tanto como para decirte estas palabras a la cara. Me causa un gran estrago el pensarlo. Cuando todo va pasando del singular al plural merece una consideración, y no quiero o no puedo considerarlo. Me supera la posibilidad de poder hacerte daño cada día, de jugar a los personajes y mostrarme como alguien que realmente no soy. Someto todas y cada una de mis acciones a la balanza, te quiero pero... sí, siempre hay un "pero". Soy débil. Todo lo bueno es eclipsado cuando veo en ti algo que no me gusta, y me remito al principio: el problema lo tengo yo..."
La sinceridad es lo que más duele, y él estaba casi noqueado de recibir tantas verdades sobre la cara. Lo sabía y lo asumía. Intentó resumir todo lo que sentía en unas sencillas palabras de despedida...
"No te merezco. Mucha suerte.... y gracias."
Cerró el sobre, a pesar de no quedarle saliva. Dejó la carta sobre la mesa y se sentó con la mirada fija a recordar la película de su historia. Las sonrisas tímidas, la emoción y la tristeza competían por triunfar aquella noche. Finalmente, pudo contemplar con sus propios ojos el amanecer de su nueva vida. Se vistió y fue directo a la oficina de Correos. Era lo mejor.
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