lunes, 24 de febrero de 2014

La incesante búsqueda de la razón

Me fascinan los seres humanos - que siempre son seres, pero pocas veces humanos - que habitan este planeta, y con los que tengo la suerte o desgracia (dejémoslo en incertidumbre) de convivir.

En mis veintitantos años he conocido una extensa índole de personas. Como primer dato irrefutable, la estupidez es inherente a todos y cada uno de nosotros, incluyéndome a mí mismo, por supuesto. Además, me aventuro a decir que esta cualidad es atemporal, pero el progreso hace que se agrave - y me remito a la "célebre" cita: "gilipollas" no lleva tilde, pero se acentúa con los años - y seamos cada vez más inadaptados. 

Una de las leyes fundamentales de la estupidez, establecida por C.M. Cipolla - y aquí, la estupidez humana hará que nos riamos o saquemos rimas del apellido- viene enunciada como: "Siempre e inevitablemente, cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo".

Una vez pasado ese filtro, la estupidez está presente en un rango variable en cantidad y cualidad, y el arduo trabajo consiste en seleccionar a aquellos "más aptos" - guiándose por la más pura selección natural darwiniana - y que resulta en un cribado a gran escala, con la subsecuente distinción de unos pocos. Con esto quiero ilustrar que hay distintas modalidades de estupidez, así podemos clasificar, entre otros, a gente "simple", "tocahuevos", gente "maliciosa", etc., y todos caen bajo el mismo concepto. Dale a un estúpido poder, y gobernará el mundo.

En una sociedad en la que un sistema educativo tiene como objetivo aprobar, en lugar de aprender, ya dice mucho de nosotros. La fobia que se palpa a la cultura en muchos de los ámbitos sociales no hace sino acrecentar nuestra estupidez, nuestra oclusión intelectual nos aleja del término cefalización y nos adentra en las arenas movedizas de los más basales y simples de cuantos organismos pueblan la Tierra. Cierto es que el guiarse por instintos es consustancial a nuestra calidad animal, pero no debería llevarnos a orgullecernos de ser como somos. Realmente, comprendo la gran responsabilidad que conlleva ser un humano: vives bajo unas normas establecidas, acorde con mi teoría, por gente ya estúpida y, aunque sea imperceptible, eres el resultado de años y años de modelaje de tu plástica mente pueril. Os hablo como biólogo: todos somos las mismas moléculas, los mismos genes (aunque alguno es un enriquecido homocigoto recesivo para las más variopintas patologías), el ambiente es lo que nos hace peores. Adaptamos el ambiente a nosotros, y no a la inversa, que es como debería de ser. Deberíamos valorar más lo que tenemos y, por encima de todo, deberíamos hacer del mundo un lugar mejor.

No quiero resultar pesimista, ni mucho menos. El encontrar personas interesantes es un ejercicio personal, premiado con la satisfacción propia del trabajo bien hecho, con el fruto de amistades más jugosas e imperecederas. Es así, amigos, yo intento socializarme en círculos oligárquicos, con iguales a mí en cuanto a aspiraciones e inquietud se refiere. Por supuesto, no niego la palabra a nadie pero, si algo he aprendido, es a optimizar mis recursos y no invertir mi tiempo en infructuosas conversaciones. 

¡"Calar" a la gente es mucho más fácil de lo que parece!


domingo, 23 de febrero de 2014

Juego de miradas


Hola, amigos:

Hoy voy a hablar sobre la necesidad que tenemos muchas veces de pasear para "desconectar", para ello, os recomiendo que os ambientéis mientras escuchando esta canción (un temazo, por cierto):



Sales de casa, te conectas a tu música, y te dispones a dar un ameno paseo por las calles de tu ciudad. Esa ciudad que tanto conoces, pero que depara inmensas sorpresas en sus bulliciosas calles. Imaginaos una tarde de invierno, oscura, fría. Te aclimatas en un vetusto abrigo, que te ha acompañado en muchas de tus aventuras. Además, llevas el rostro parcialmente ocultado por una bufanda que, para entrar mejor en el papel, os tejió vuestra abuela con todo su cariño. Es realmente suave.

En tu osada introspección comienzas a observar. Enciendes un cigarro: el monóxido de carbono y el vaho emanan en una etérea conjunción. Una amable anciana pasea un perro que, por motivos de evolución, se asemeja más a un animal de alcantarilla. En cambio, ella sonríe y le habla, encontrando en él a un amigo, un cómplice. Los semáforos se impacientan, los conductores aguardan para disputarse el asfalto.

Continúas caminando y percibes cómo los niños, tiernas personas aisladas de las perversiones de la madurez, se encuentran en tu mismo papel de observador, pero buscando un ejemplo, una experiencia que les ayude a comprender en qué consiste vivir. Estas mágicas criaturas te asombran, consiguen arrebatarte una sonrisa y te provocan nostalgia: pagarías por volver a tu infancia y enmendar tus errores. Te evades. 

Al alcanzar la cristalera de una cafetería, una hermosa joven distrae tu pensamiento. Muestra una falsa felicidad, bien disimulada por el maquillaje. Deseas poder sentarte a su lado y dejarte seducir por su palabra, ser un soporte para ella, y después vibrar con la sutileza de sus manos, conocer el infierno al sentir la calidez de un beso emitido por esos labios del color de la pasión. Te atrae su mirada, buscas cruzarla con la tuya, pero te das cuenta de que la causa de su infelicidad sólo había ido al baño para intimar con su virilidad y demostrarse a sí mismo valedor de un ego estratosférico. Desistes y aprietas el paso, con un nuevo pensamiento en mente: esa desconocida.

El cigarro se ha consumido. Atraviesas un parque atestado de adolescentes que ahogan sus penas y comparten sus alegrías en vino barato, pensando que no existe un mañana. Te aborda un anhelo paternal, pero caes en la cuenta de que no eres la persona idónea para dar lecciones de vida. Vuelves a sentir nostalgia. Recuerdas anécdotas de hace una década, y se traza una sonrisa vaga en tu cara. Has rememorado accidentalmente a tus amigos del colegio, a aquella chica cuyo nombre saturaba tus cuadernos de matemáticas, las interminables tardes jugando al fútbol o hablando de lo que querías ser y de porqué habías suspendido el examen, achacando la culpa a tu profesora, que "te tiene manía". 

Ves matrimonios, personas enchaquetadas que llevan una ajetreada vida, ancianos de la mano que aún preservan algo de amor en sus ralentizados corazones, niños y más niños, perros, vagabundos y un sinfín de personas que viven una vida, su vida. Te gustaría saber más de cada uno de ellos.  A pesar de las multitudes, en ese momento tú vives en tu soledad, nadie se puede meter en tu cabeza y saber qué se esconde tras una expresión facial bastante monocorde. Tú, que te planteas tu presente y futuro, que retroalimentas tus pensamientos y sentimientos, que tomas decisiones... hasta que, en el punto álgido de tu reflexión, te das cuenta de que tu paseo ha finalizado. Ha sido una experiencia gratificante. 


domingo, 16 de febrero de 2014

El Sábado

Hola, amig@s:

Siempre he sido una persona cabal, alguien normal. No obstante, a mis veintitantos me he dado cuenta de la absoluta estupidez humana y he decidido comentar diversos aspectos que no hacen más que consolidar mi idea.

Ayer, sin ir más lejos, pintaba un sábado estándar: levantarse más tarde que los días laborables, comer, reposar la comida mientras ves una película que está abonada a la sobremesa, probablemente de Jim Carrey, Sandra Bullock o similares, leer un rato, tomar un café, etc. Pero, como en toda tarde de sábado, llega un punto en que planteas, vía Whatsapp (no wassap, ni whatsup ni otras alternativas extendidas): ¿Qué hacemos hoy? 


Aquí habrá disparidad en el número, pero seguro que todos tenéis varios grupos de Whatsapp que perturban con su incesante pitido, en los que no se dice nada y que son totalmente inútiles. ¿Dónde ha quedado llamar al fijo? Dar información de primera mano con su correspondiente lenguaje no verbal ha caído en desuso, preferimos dar lugar (y me incluyo) a decenas de mensajes vacíos y, muchas veces, hay que recurrir a lo "tradicional" para que todo el mundo se acabe enterando.

Total, tras una hora mareando la perdiz, se llega al típico: A las 22h en tal sitio. Replanteas tus tareas hasta dicha hora, sales con tiempo y llegas puntual. Raro es el día que no hay que esperar a alguien, y raro es que no sean más de 15 minutos. Luego vas a cualquier sitio, te tomas unas cervezas y unos pintxos, montaditos, o lo que sea menester en el lugar de turno. En este punto todo es, más o menos, razonable, quizá sólo quede puntualizar que el silencio y la compostura suelen brillar por su ausencia en este tipo de sitios, pero comentas con tus amigos cómo ha ido la semana, el último disco de un grupo, recuerdas anécdotas de tu adolescencia, etc. Todo ello en una atmósfera sonora embebida en esa penetrable fragancia a frito que transforma en fútil tu intento de salir limpio, aseado y oliendo decentemente.




Aquí, en Madrid, es cada vez más complicado pasar una noche amena sin tener que hipotecarte, fuera de las franquicias hosteleras, una cerveza puede equipararse a oro líquido, mientras que una copa (de dudable calidad) suele costar más que las 5 cervezas que te has tomado antes. Hasta que, a las 3 a.m., se encienden las luces y te ves en el centro de Madrid, sin transporte público, y con ganas de seguir tomándote algo. No apoyo la forma en que se hace, pero entiendo el negocio callejero de la compra-venta de Mahou por las zonas de bares. Finalmente, sueles ir a algún sitio, en el que te cobran una nada desdeñable cantidad de dinero por cruzar el umbral de sus puertas y en los que, muchas veces, no te invitan ni a una Fanta de naranja.... pero pagamos. Pagamos por ver a cuatro chicas haciéndose las difíciles mientras que un corro de 25 maromos, algo pasados de alcohol y ego, pulula por sus inmediaciones. Lamentable. Vas al ropero a dejar tu abrigo y tras el cartel de "2 €" buscas un resquicio, a salvo del charco de vodka que es el suelo, y rezas para que tu abrigo siga ahí cuando te vayas. Te pides una cerveza, por hacer algo con las manos, mientras te ponen una música de la que no sabes muy bien delimitar las canciones. Piensas que algo estás haciendo mal cuando ves que la gente se emociona con una canción de reggaeton/techno. Y pasan dos horas así.

Llegan las 6, se despierta la ciudad, coges un autobús o el metro. Con la cara descompuesta, cruzas tu mirada con la gente que va a trabajar, con otros en tu misma situación o con el típico guiri que va al aeropuerto. Llegas a tu casa forzando el cigarro "del metro a casa", un vasito de leche/zumo/agua, el trozo de pizza que ha sobrado de la cena y te metes en la cama igual de indiferente que cuando saliste de casa, pero con bastantes euros menos, sabiendo que la resaca te va a pesar toda la semana (en próximos post comentaremos el efecto de tener resaca con 3 cañas). 

Resulta estúpido, ¿no? Pues yo tengo ganas de que llegue el sábado que viene ya.