Me fascinan los seres humanos - que siempre son seres, pero pocas veces humanos - que habitan este planeta, y con los que tengo la suerte o desgracia (dejémoslo en incertidumbre) de convivir.
En mis veintitantos años he conocido una extensa índole de personas. Como primer dato irrefutable, la estupidez es inherente a todos y cada uno de nosotros, incluyéndome a mí mismo, por supuesto. Además, me aventuro a decir que esta cualidad es atemporal, pero el progreso hace que se agrave - y me remito a la "célebre" cita: "gilipollas" no lleva tilde, pero se acentúa con los años - y seamos cada vez más inadaptados.
Una de las leyes fundamentales de la estupidez, establecida por C.M. Cipolla - y aquí, la estupidez humana hará que nos riamos o saquemos rimas del apellido- viene enunciada como: "Siempre e inevitablemente, cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo".
Una vez pasado ese filtro, la estupidez está presente en un rango variable en cantidad y cualidad, y el arduo trabajo consiste en seleccionar a aquellos "más aptos" - guiándose por la más pura selección natural darwiniana - y que resulta en un cribado a gran escala, con la subsecuente distinción de unos pocos. Con esto quiero ilustrar que hay distintas modalidades de estupidez, así podemos clasificar, entre otros, a gente "simple", "tocahuevos", gente "maliciosa", etc., y todos caen bajo el mismo concepto. Dale a un estúpido poder, y gobernará el mundo.
En una sociedad en la que un sistema educativo tiene como objetivo aprobar, en lugar de aprender, ya dice mucho de nosotros. La fobia que se palpa a la cultura en muchos de los ámbitos sociales no hace sino acrecentar nuestra estupidez, nuestra oclusión intelectual nos aleja del término cefalización y nos adentra en las arenas movedizas de los más basales y simples de cuantos organismos pueblan la Tierra. Cierto es que el guiarse por instintos es consustancial a nuestra calidad animal, pero no debería llevarnos a orgullecernos de ser como somos. Realmente, comprendo la gran responsabilidad que conlleva ser un humano: vives bajo unas normas establecidas, acorde con mi teoría, por gente ya estúpida y, aunque sea imperceptible, eres el resultado de años y años de modelaje de tu plástica mente pueril. Os hablo como biólogo: todos somos las mismas moléculas, los mismos genes (aunque alguno es un enriquecido homocigoto recesivo para las más variopintas patologías), el ambiente es lo que nos hace peores. Adaptamos el ambiente a nosotros, y no a la inversa, que es como debería de ser. Deberíamos valorar más lo que tenemos y, por encima de todo, deberíamos hacer del mundo un lugar mejor.
No quiero resultar pesimista, ni mucho menos. El encontrar personas interesantes es un ejercicio personal, premiado con la satisfacción propia del trabajo bien hecho, con el fruto de amistades más jugosas e imperecederas. Es así, amigos, yo intento socializarme en círculos oligárquicos, con iguales a mí en cuanto a aspiraciones e inquietud se refiere. Por supuesto, no niego la palabra a nadie pero, si algo he aprendido, es a optimizar mis recursos y no invertir mi tiempo en infructuosas conversaciones.
¡"Calar" a la gente es mucho más fácil de lo que parece!


