domingo, 16 de febrero de 2014

El Sábado

Hola, amig@s:

Siempre he sido una persona cabal, alguien normal. No obstante, a mis veintitantos me he dado cuenta de la absoluta estupidez humana y he decidido comentar diversos aspectos que no hacen más que consolidar mi idea.

Ayer, sin ir más lejos, pintaba un sábado estándar: levantarse más tarde que los días laborables, comer, reposar la comida mientras ves una película que está abonada a la sobremesa, probablemente de Jim Carrey, Sandra Bullock o similares, leer un rato, tomar un café, etc. Pero, como en toda tarde de sábado, llega un punto en que planteas, vía Whatsapp (no wassap, ni whatsup ni otras alternativas extendidas): ¿Qué hacemos hoy? 


Aquí habrá disparidad en el número, pero seguro que todos tenéis varios grupos de Whatsapp que perturban con su incesante pitido, en los que no se dice nada y que son totalmente inútiles. ¿Dónde ha quedado llamar al fijo? Dar información de primera mano con su correspondiente lenguaje no verbal ha caído en desuso, preferimos dar lugar (y me incluyo) a decenas de mensajes vacíos y, muchas veces, hay que recurrir a lo "tradicional" para que todo el mundo se acabe enterando.

Total, tras una hora mareando la perdiz, se llega al típico: A las 22h en tal sitio. Replanteas tus tareas hasta dicha hora, sales con tiempo y llegas puntual. Raro es el día que no hay que esperar a alguien, y raro es que no sean más de 15 minutos. Luego vas a cualquier sitio, te tomas unas cervezas y unos pintxos, montaditos, o lo que sea menester en el lugar de turno. En este punto todo es, más o menos, razonable, quizá sólo quede puntualizar que el silencio y la compostura suelen brillar por su ausencia en este tipo de sitios, pero comentas con tus amigos cómo ha ido la semana, el último disco de un grupo, recuerdas anécdotas de tu adolescencia, etc. Todo ello en una atmósfera sonora embebida en esa penetrable fragancia a frito que transforma en fútil tu intento de salir limpio, aseado y oliendo decentemente.




Aquí, en Madrid, es cada vez más complicado pasar una noche amena sin tener que hipotecarte, fuera de las franquicias hosteleras, una cerveza puede equipararse a oro líquido, mientras que una copa (de dudable calidad) suele costar más que las 5 cervezas que te has tomado antes. Hasta que, a las 3 a.m., se encienden las luces y te ves en el centro de Madrid, sin transporte público, y con ganas de seguir tomándote algo. No apoyo la forma en que se hace, pero entiendo el negocio callejero de la compra-venta de Mahou por las zonas de bares. Finalmente, sueles ir a algún sitio, en el que te cobran una nada desdeñable cantidad de dinero por cruzar el umbral de sus puertas y en los que, muchas veces, no te invitan ni a una Fanta de naranja.... pero pagamos. Pagamos por ver a cuatro chicas haciéndose las difíciles mientras que un corro de 25 maromos, algo pasados de alcohol y ego, pulula por sus inmediaciones. Lamentable. Vas al ropero a dejar tu abrigo y tras el cartel de "2 €" buscas un resquicio, a salvo del charco de vodka que es el suelo, y rezas para que tu abrigo siga ahí cuando te vayas. Te pides una cerveza, por hacer algo con las manos, mientras te ponen una música de la que no sabes muy bien delimitar las canciones. Piensas que algo estás haciendo mal cuando ves que la gente se emociona con una canción de reggaeton/techno. Y pasan dos horas así.

Llegan las 6, se despierta la ciudad, coges un autobús o el metro. Con la cara descompuesta, cruzas tu mirada con la gente que va a trabajar, con otros en tu misma situación o con el típico guiri que va al aeropuerto. Llegas a tu casa forzando el cigarro "del metro a casa", un vasito de leche/zumo/agua, el trozo de pizza que ha sobrado de la cena y te metes en la cama igual de indiferente que cuando saliste de casa, pero con bastantes euros menos, sabiendo que la resaca te va a pesar toda la semana (en próximos post comentaremos el efecto de tener resaca con 3 cañas). 

Resulta estúpido, ¿no? Pues yo tengo ganas de que llegue el sábado que viene ya. 

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