Hoy voy a hablar sobre la necesidad que tenemos muchas veces de pasear para "desconectar", para ello, os recomiendo que os ambientéis mientras escuchando esta canción (un temazo, por cierto):
Sales de casa, te conectas a tu música, y te dispones a dar un ameno paseo por las calles de tu ciudad. Esa ciudad que tanto conoces, pero que depara inmensas sorpresas en sus bulliciosas calles. Imaginaos una tarde de invierno, oscura, fría. Te aclimatas en un vetusto abrigo, que te ha acompañado en muchas de tus aventuras. Además, llevas el rostro parcialmente ocultado por una bufanda que, para entrar mejor en el papel, os tejió vuestra abuela con todo su cariño. Es realmente suave.
En tu osada introspección comienzas a observar. Enciendes un cigarro: el monóxido de carbono y el vaho emanan en una etérea conjunción. Una amable anciana pasea un perro que, por motivos de evolución, se asemeja más a un animal de alcantarilla. En cambio, ella sonríe y le habla, encontrando en él a un amigo, un cómplice. Los semáforos se impacientan, los conductores aguardan para disputarse el asfalto.
Continúas caminando y percibes cómo los niños, tiernas personas aisladas de las perversiones de la madurez, se encuentran en tu mismo papel de observador, pero buscando un ejemplo, una experiencia que les ayude a comprender en qué consiste vivir. Estas mágicas criaturas te asombran, consiguen arrebatarte una sonrisa y te provocan nostalgia: pagarías por volver a tu infancia y enmendar tus errores. Te evades.
Al alcanzar la cristalera de una cafetería, una hermosa joven distrae tu pensamiento. Muestra una falsa felicidad, bien disimulada por el maquillaje. Deseas poder sentarte a su lado y dejarte seducir por su palabra, ser un soporte para ella, y después vibrar con la sutileza de sus manos, conocer el infierno al sentir la calidez de un beso emitido por esos labios del color de la pasión. Te atrae su mirada, buscas cruzarla con la tuya, pero te das cuenta de que la causa de su infelicidad sólo había ido al baño para intimar con su virilidad y demostrarse a sí mismo valedor de un ego estratosférico. Desistes y aprietas el paso, con un nuevo pensamiento en mente: esa desconocida.
El cigarro se ha consumido. Atraviesas un parque atestado de adolescentes que ahogan sus penas y comparten sus alegrías en vino barato, pensando que no existe un mañana. Te aborda un anhelo paternal, pero caes en la cuenta de que no eres la persona idónea para dar lecciones de vida. Vuelves a sentir nostalgia. Recuerdas anécdotas de hace una década, y se traza una sonrisa vaga en tu cara. Has rememorado accidentalmente a tus amigos del colegio, a aquella chica cuyo nombre saturaba tus cuadernos de matemáticas, las interminables tardes jugando al fútbol o hablando de lo que querías ser y de porqué habías suspendido el examen, achacando la culpa a tu profesora, que "te tiene manía".
Ves matrimonios, personas enchaquetadas que llevan una ajetreada vida, ancianos de la mano que aún preservan algo de amor en sus ralentizados corazones, niños y más niños, perros, vagabundos y un sinfín de personas que viven una vida, su vida. Te gustaría saber más de cada uno de ellos. A pesar de las multitudes, en ese momento tú vives en tu soledad, nadie se puede meter en tu cabeza y saber qué se esconde tras una expresión facial bastante monocorde. Tú, que te planteas tu presente y futuro, que retroalimentas tus pensamientos y sentimientos, que tomas decisiones... hasta que, en el punto álgido de tu reflexión, te das cuenta de que tu paseo ha finalizado. Ha sido una experiencia gratificante.

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