viernes, 21 de marzo de 2014

Out of business




Llevo semanas frecuentando un lugar misterioso. No sé muy bien qué clase de sitio es, pero veo a mucha gente asidua como yo. 

El dueño del sitio, un tal Josh, no debe de ser mucho mayor que yo, pero le intuyo una vida agitada por los pliegues que acorralan sus ojos. Alguna vez he visto también a una chica al cargo, Brenda creo que se llama. No sé si mantiene algún vínculo afectivo con Josh, pero su parecido físico incita a pensar que son familiares. La verdad, nunca he pasado del intercambio de unas palabras con ella, me bloqueo cuando contemplo la inmensidad del mar en sus ojos, y si intento esquivar el contacto visual acabo en su escote, que es casi peor remedio para mi colapso.

Normalmente suelo tomar café cortado, sentado en el mismo taburete del "rincón acogedor", como yo lo denomino. Me suelo apoyar en la columna y así poder contemplar a través del cristal cómo la gente pasa. Es extraño, pero este sitio no es un bar... aunque casi todo el mundo acompaña su presencia con algún tipo de bebida.

Mientras Josh me sirve un café y éste se enfría, me enciendo un cigarro y saco un cuaderno y un lápiz - me gusta poder borrar - y escribo acerca de la gente. A la mayoría de ellos no les conozco, tal vez ni les haya visto ni les veré físicamente, pero existen y podría recalcar cada éxito y fracaso de sus vidas, podría detallar las arrugas que les hacen los pantalones al sentarse.... Es un talento que descubrí hace poco y que ahora estoy explotando. Y no es tan fácil como se presume, requiere de un intenso aislamiento, sobre todo si merodea aquel bigotudo cincuentón que, día tras día, está recostado en el sofá de cuero y que se mordisquea sus uñas como si tratara de batir un récord en ponerme nervioso. Cuando parece que se ha desgastado los dedos, empieza a balancear su pierna azotando con la rodilla el borde de la mesilla hasta que se desploma para bucear profundo en una siesta borreguera. 

Me levanto y pongo en el tocadiscos un vinilo de los Zeppelin. Parece la misma historia, he perdido ya la cuenta de cuantas veces lo he escuchado, podría trazar sus giros y anticiparme a cualquiera de las notas que, con intención, desprende la Les Paul de Mr. Page... Ese álbum apenas me deja espacio para la improvisación, pero no deja de sorprenderme. No sé qué tiene la música pero me abstrae con mucha facilidad. Doy un sorbo y empiezo a describir: 

"Lindsay, 24 años. Virgo. Ojos azabache y cabello rojizo cayendo sobre sus hombros. Metro setenta y dos de elegancia y dulzura... Cincuenta y seis kilos de optimismo... Alma salvaje, pasional y creativ...". 

El tintineo de la campanilla me distrae nuevamente. No sé si Lindsay me volverá a conceder una segunda oportunidad. Una silueta se posa cerca de Josh y comienza a hablarle. Me resulta familiar… ¡es Brenda! Nunca la había visto de espaldas. Tembloroso cojo el lápiz de nuevo e intento centrarme en Lindsay… 

“…ividad pura. Tenaz e inteligente. Está acabando sus estudios. Química. Además trabaja por las noches como fotógrafa para una revista de música. Es guapa, muy guapa. Por fuera y por dentro. Tiene un punto rebelde, pero es femenina. Luce frecuentemente vaqueros ajustados y camisas holgadas ¡Y tiene gafas!” 

Tuve que parar. Lindsay se ajustaba demasiado a mi prototipo, y sólo existía un problema… ¡no la conocía! Y mi extraño don me indicada, además, que no vivía ni remotamente cerca. Sentí un cosquilleo. Odiaba cuando me veía en este tipo de situaciones… la búsqueda del ideal.

Últimamente no trazaba más que perfiles de chicas, más o menos coetáneas, que cumplían todo lo que yo buscaba en una mujer... ¿Instinto? Hace años que no siento nada por nadie, desde mi última pareja… Amanda. Entre medias sólo he tenido algún consuelo, aunque sigo buscando con ahínco e insistencia a la Amanda 2.0 en bares, cines, bibliotecas y restaurantes de mi ciudad. No puedo creer que, entre las decenas de miles de habitantes, no encontrase a nadie compatible en los distintos círculos sociales. Todo aquello se escapaba de mi alcance.

Flotando en mis divagaciones siento de repente como algo me roza el hombro. Me sobresalto y, un poco aturdido, dirijo la mirada hacia atrás… Brenda... Me ha traído otra taza de café y sin parar de sonreír hace un amago de conversación.

Tras una distendida presentación confirmo su nombre. Noto que ella está desviando sus ojos disimuladamente a mis escritos… y me pregunta por aquello. Siento cercanía con ella y me inspira mucha confianza para contárselo. A los pocos minutos, le cedo un sitio junto a mí y compartimos más que un café: un consumo masivo de horas conversando sin que se produzca ni el más mínimo malestar. La verdad, llevo meses viendo a Brenda y nunca había incidido en que fuésemos tan compatibles... nunca me había atrevido a hablar algo trascendente con ella y, lo más extraño, ¡nunca había venido a mi mente para poder describirla! 

Han pasado días y seguimos aquí sentados, hablando. Este sitio nunca cierra y ya empiezo a entender el origen de las ojeras de Josh. ¡Ya os dije que era extraño! Con Brenda las cosas siguen yendo sobre ruedas. Nuestra relación va rápido; hemos sido en pocas horas ya amigos, mejores amigos y amantes. Nos hemos desnudado con la mirada y hemos hecho el amor sin movernos de nuestras sillas. Brenda es mi Amanda 2.0, pero mucho mejor. Me doy cuenta de que estaba buscando fuera de mi jurisdicción...

Repentinamente el bar se ha cerrado, Brenda ha desaparecido y no hay rastro de nada. Comienzo a darme cuenta de un ruido impertinente... ¡la alarma!... ¡Mierda!, estaba soñando...

                                                                                                                            


Este relato surge de innumerables mañanas en las que abres los ojos y te frustras, fuerzas otros minutos de sueño y sigues sin poder recordar a ese desconocido, que tan bien conocías y que lamentas que no exista (o no lo conozcas). 

Siento no resaltar nada, no aportar ninguna imagen... esta experiencia es tan personal que no quiero poner énfasis ni condicionar nada, sólo espero arrancar una sonrisa y un gesto de aprobación de que a vosotros también os ha pasado.

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