jueves, 11 de septiembre de 2014

Por si no se acaba el mundo...

Madrid, algún día de 2014.

Querido yo,

Te escribo desde el pasado. No es una simple formalidad, es porque me gustaría conocer el producto de mis luchas, de mis “desistiré”... Quiero saber si algún pequeño detalle ha influido espacio-temporalmente y ha alterado el devenir. Quiero saber cómo te sientes, quiero saber si mantienes “la esencia”. Dicen que la gente cambia… y eso es porque no son realmente auténticos: puedes elegir un coche, una casa o una imagen, pero el interior más interior es impertérrito, incorruptible… eterno… amén de las hostias que nos dé la vida, amén de que maduremos o de loquequieraquesea.

Voy a hablarte de nuestro “yo” – porque en el fondo es nuestro – actual. Te invito a hacer un ejercicio de memoria e introspección, esos que tanto te gustaban. Te invito a ver amanecer de nuevo con los ojos cerrados, a encogerte de nostalgia y a escurrirte de felicidad. Siéntate, enciende un cigarro… si mantienes esa costumbre, claro. Creo que la vida pasa muy rápido como para no fumarte un cigarro si te apetece, o eso piensa nuestro “yo” de veintitantos.

El “yo” de ahora se arrepiente de muchas cosas, obviamente. De no haber disfrutado más de la gente, de no haber abrazado cada vez que le apetecía, de no haber robado besos, de no haber dicho “te quiero” queriendo, de haber dejado escapar oportunidades… es la impericia. Pero también ten por seguro que he aprendido de otros errores de nuestro “yo” más pubescente, que han ido sentando cimientos, y de los que en el fondo no hay que arrepentirse, sino que hay que remediarlos. Confío en que, en el fondo, nuestras razones teníamos para no hacerlo.

No te vayas a pensar que vaya papeleta te estoy dejando… creo que hay puntos fuertes en “nosotros”, y son precisamente los que tienes que buscar. Somos muy obstinados, lo sabemos, pero la constancia y el afán de conseguir las cosas ha supuesto gran beneficio hasta ahora. También debes valerte de la simpatía y el buen humor, el altruismo y la sinceridad. La independencia creo que va incluida en las virtudes, no dependas de nadie para conseguir las cosas, y buscas en los demás el (sabio) consejo y otros factores que tú mismo no te aportas. Nunca pierdas la inquietud ni las ganas de saber y conocer, por favor. Sé optimista.

Tampoco sé si serás rico o serás pobre, si estarás soltero, gordo o flaco, calvo o con greñas otra vez, lo que sí que sé es que serás feliz, porque en el fondo por eso es por lo que he luchado hasta ahora, y espero que también en este intervalo que desconozco. Qué bonito es no saber qué va a pasar.

Quizá sí me gustaría saber dos cosas, pero mejor quedarse con la intriga:

-        -  Si trabajas para vivir o si verdaderamente disfrutas de lo que haces. Confío en que será lo segundo. No sé cómo acabaría todo, pero lo mismo hasta conservas algo vinculado con la Biología.

-        -  No sé si te acordarás, pero estos últimos años había una serie llamada “How I met your mother”, creo que todos vivimos una historia con mayor o menor paralelismo a la del protagonista y, aunque el final de la serie defraudó a mucha gente…nuestro final es distinto, porque lo que sí que sé es que si compartes tu vida con alguien sé que será algo muy meditado, y que realmente vale la pena.

Voy a ir acabando, y recuerda lo más importante: me preocupo por ti porque te quiero, quiero lo mejor para ti y, lo que consigamos por nosotros mismos, no nos lo quitará nadie.

Mucha suerte, aunque jamás ha sido un hándicap, nunca vendí mi destino a ella. Todo llega. Eso sí, hay un par cosas que nunca debes abandonar, y espero que no llegue demasiado tarde: la música, los amigos, y las ganas de vivir y aprender.


Lucharé en estos años para que a los cuarentaytantos mi vida sea tal y como la imaginaré con cuarentaytantos.

martes, 3 de junio de 2014

Diabetes cardiovascular

Me estoy volviendo diabético, y me preguntaréis la razón... 

Mi consumo oral de glucosa se mantiene constante, un par de cafés al día y algún que otro dulce, pero me entra tanto empalague por los ojos que por algún lado me tendrá que salir...

Y es que, amigos, es precioso exaltar el amor publicando un tweet, publicando en el tablón del Facebook o mandando un icono por WhatsApp. Es muy bonito copiar frases de grandes literatos y pensadores, cuando uno apenas es capaz de escribirlo correctamente. Resulta una prueba de amor irrefutable mandar un oso abrazando un corazón o subir un montaje poniendo fechas y corazones.... Pero lo más triste, amigos, es que eso no es amor, y siquiera se le parece.

Amor es aceptar, sufrir, pensar, sonreír, llorar y luchar. Es demostrar con hechos, no con palabras. Es, en definitiva, tan difícil que nunca uno puede quedarse estancado y decir "ya amo", porque amar se conjuga en futuro, y es la consecuencia de cada momento. Siempre se puede más.

Simplemente era una reflexión.

jueves, 24 de abril de 2014

Callejón con salida

Un portazo condujo a un silencio sepulcral. No había nadie en la habitación y las llaves tintinearon al rozarse con la mesa... el abrigo pesaba más de lo habitual. Empapado por la lluvia, se sentó en la cama para desnudarse los pies y descalzarse las piernas. Aún era temprano. Había salido a comprar sobres para mandar una carta, su última carta. Él ya había tomado una decisión y quería comenzar a escribir el prólogo de su nueva vida.

Fue a la cocina y liberó al pan de molde de la tremenda opresión que le producía el alambre. Despegó las lonchas del jamón, las colocó sin ningún concierto y, más tarde, devoró las entrañas de aquel porcino tentempié. La serenidad y la quietud del entorno más inmediato le agobiaban, golpeó con su puño la puerta del mueble escobero. Se sentó en el suelo y pidió, en silencio, el más grande de los auxilios.Resopló y encendió la radio...


El agua de la ducha ya no le mojaba, pero le templaba. El jabón no era lo único que irritaba sus ojos. La esponja le producía llagas al acariciar su piel. Casi sin secarse, se puso la vieja camiseta que seguía oliendo a ella y aquellos pantalones de franela que tantas noches en vela le habían acompañado. Sigiloso cogió la pluma y descendió, como a cámara lenta, hacia el sofá. 

La música le mecía al abismo, le desollaba los brazos y practicaba la acupuntura en sus sentimientos. Tras unos minutos de tanteo, su muñeca empezó a trazar palabras en sangre,como si aquello no le costara, como si deseara darle alas a toda la rabia acumulada:

" Tenemos un problema, mejor dicho, lo tengo yo. Llevo algunas semanas en las que ya no me emociono cuando escucho tus mensajes en el contestador, siento que hablamos por compromiso y que tú me necesitas más de lo que te necesito yo a ti...."

Él sufría con cada palabra, pero no podía parar. El eco de su voz seguía resonando. Gritó. Asomó su cabeza por la ventana, entreabierta, y se oían los estruendos de la gran ciudad: conductores poco pacientes, sirenas, el chapotear de la chiquillería y cómo el viento susurraba melodías apocalípticas a través de las hojas de los castaños. La brisa le devolvió a una falsa serenidad. Encendió un pitillo y continuó escribiendo:

"Siento que luchar por esto ya no merece la pena. No tengo fuerzas para seguir. Sé que he hecho casi todo mal, que no me he anticipado, que soy lo suficientemente hombre como para hacerte el amor todas las noches, pero no lo soy tanto como para decirte estas palabras a la cara. Me causa un gran estrago el pensarlo. Cuando todo va pasando del singular al plural merece una consideración, y no quiero o no puedo considerarlo. Me supera la posibilidad de poder hacerte daño cada día, de jugar a los personajes y mostrarme como alguien que realmente no soy. Someto todas y cada una de mis acciones a la balanza, te quiero pero... sí, siempre hay un "pero". Soy débil. Todo lo bueno es eclipsado cuando veo en ti algo que no me gusta, y me remito al principio: el problema lo tengo yo..."

La sinceridad es lo que más duele, y él estaba casi noqueado de recibir tantas verdades sobre la cara. Lo sabía y lo asumía. Intentó resumir todo lo que sentía en unas sencillas palabras de despedida...

"No te merezco. Mucha suerte.... y gracias."

Cerró el sobre, a pesar de no quedarle saliva. Dejó la carta sobre la mesa y se sentó con la mirada fija a recordar la película de su historia. Las sonrisas tímidas, la emoción y la tristeza competían por triunfar aquella noche. Finalmente, pudo contemplar con sus propios ojos el amanecer de su nueva vida. Se vistió y fue directo a la oficina de Correos. Era lo mejor.

viernes, 21 de marzo de 2014

Out of business




Llevo semanas frecuentando un lugar misterioso. No sé muy bien qué clase de sitio es, pero veo a mucha gente asidua como yo. 

El dueño del sitio, un tal Josh, no debe de ser mucho mayor que yo, pero le intuyo una vida agitada por los pliegues que acorralan sus ojos. Alguna vez he visto también a una chica al cargo, Brenda creo que se llama. No sé si mantiene algún vínculo afectivo con Josh, pero su parecido físico incita a pensar que son familiares. La verdad, nunca he pasado del intercambio de unas palabras con ella, me bloqueo cuando contemplo la inmensidad del mar en sus ojos, y si intento esquivar el contacto visual acabo en su escote, que es casi peor remedio para mi colapso.

Normalmente suelo tomar café cortado, sentado en el mismo taburete del "rincón acogedor", como yo lo denomino. Me suelo apoyar en la columna y así poder contemplar a través del cristal cómo la gente pasa. Es extraño, pero este sitio no es un bar... aunque casi todo el mundo acompaña su presencia con algún tipo de bebida.

Mientras Josh me sirve un café y éste se enfría, me enciendo un cigarro y saco un cuaderno y un lápiz - me gusta poder borrar - y escribo acerca de la gente. A la mayoría de ellos no les conozco, tal vez ni les haya visto ni les veré físicamente, pero existen y podría recalcar cada éxito y fracaso de sus vidas, podría detallar las arrugas que les hacen los pantalones al sentarse.... Es un talento que descubrí hace poco y que ahora estoy explotando. Y no es tan fácil como se presume, requiere de un intenso aislamiento, sobre todo si merodea aquel bigotudo cincuentón que, día tras día, está recostado en el sofá de cuero y que se mordisquea sus uñas como si tratara de batir un récord en ponerme nervioso. Cuando parece que se ha desgastado los dedos, empieza a balancear su pierna azotando con la rodilla el borde de la mesilla hasta que se desploma para bucear profundo en una siesta borreguera. 

Me levanto y pongo en el tocadiscos un vinilo de los Zeppelin. Parece la misma historia, he perdido ya la cuenta de cuantas veces lo he escuchado, podría trazar sus giros y anticiparme a cualquiera de las notas que, con intención, desprende la Les Paul de Mr. Page... Ese álbum apenas me deja espacio para la improvisación, pero no deja de sorprenderme. No sé qué tiene la música pero me abstrae con mucha facilidad. Doy un sorbo y empiezo a describir: 

"Lindsay, 24 años. Virgo. Ojos azabache y cabello rojizo cayendo sobre sus hombros. Metro setenta y dos de elegancia y dulzura... Cincuenta y seis kilos de optimismo... Alma salvaje, pasional y creativ...". 

El tintineo de la campanilla me distrae nuevamente. No sé si Lindsay me volverá a conceder una segunda oportunidad. Una silueta se posa cerca de Josh y comienza a hablarle. Me resulta familiar… ¡es Brenda! Nunca la había visto de espaldas. Tembloroso cojo el lápiz de nuevo e intento centrarme en Lindsay… 

“…ividad pura. Tenaz e inteligente. Está acabando sus estudios. Química. Además trabaja por las noches como fotógrafa para una revista de música. Es guapa, muy guapa. Por fuera y por dentro. Tiene un punto rebelde, pero es femenina. Luce frecuentemente vaqueros ajustados y camisas holgadas ¡Y tiene gafas!” 

Tuve que parar. Lindsay se ajustaba demasiado a mi prototipo, y sólo existía un problema… ¡no la conocía! Y mi extraño don me indicada, además, que no vivía ni remotamente cerca. Sentí un cosquilleo. Odiaba cuando me veía en este tipo de situaciones… la búsqueda del ideal.

Últimamente no trazaba más que perfiles de chicas, más o menos coetáneas, que cumplían todo lo que yo buscaba en una mujer... ¿Instinto? Hace años que no siento nada por nadie, desde mi última pareja… Amanda. Entre medias sólo he tenido algún consuelo, aunque sigo buscando con ahínco e insistencia a la Amanda 2.0 en bares, cines, bibliotecas y restaurantes de mi ciudad. No puedo creer que, entre las decenas de miles de habitantes, no encontrase a nadie compatible en los distintos círculos sociales. Todo aquello se escapaba de mi alcance.

Flotando en mis divagaciones siento de repente como algo me roza el hombro. Me sobresalto y, un poco aturdido, dirijo la mirada hacia atrás… Brenda... Me ha traído otra taza de café y sin parar de sonreír hace un amago de conversación.

Tras una distendida presentación confirmo su nombre. Noto que ella está desviando sus ojos disimuladamente a mis escritos… y me pregunta por aquello. Siento cercanía con ella y me inspira mucha confianza para contárselo. A los pocos minutos, le cedo un sitio junto a mí y compartimos más que un café: un consumo masivo de horas conversando sin que se produzca ni el más mínimo malestar. La verdad, llevo meses viendo a Brenda y nunca había incidido en que fuésemos tan compatibles... nunca me había atrevido a hablar algo trascendente con ella y, lo más extraño, ¡nunca había venido a mi mente para poder describirla! 

Han pasado días y seguimos aquí sentados, hablando. Este sitio nunca cierra y ya empiezo a entender el origen de las ojeras de Josh. ¡Ya os dije que era extraño! Con Brenda las cosas siguen yendo sobre ruedas. Nuestra relación va rápido; hemos sido en pocas horas ya amigos, mejores amigos y amantes. Nos hemos desnudado con la mirada y hemos hecho el amor sin movernos de nuestras sillas. Brenda es mi Amanda 2.0, pero mucho mejor. Me doy cuenta de que estaba buscando fuera de mi jurisdicción...

Repentinamente el bar se ha cerrado, Brenda ha desaparecido y no hay rastro de nada. Comienzo a darme cuenta de un ruido impertinente... ¡la alarma!... ¡Mierda!, estaba soñando...

                                                                                                                            


Este relato surge de innumerables mañanas en las que abres los ojos y te frustras, fuerzas otros minutos de sueño y sigues sin poder recordar a ese desconocido, que tan bien conocías y que lamentas que no exista (o no lo conozcas). 

Siento no resaltar nada, no aportar ninguna imagen... esta experiencia es tan personal que no quiero poner énfasis ni condicionar nada, sólo espero arrancar una sonrisa y un gesto de aprobación de que a vosotros también os ha pasado.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Grapas

Grapas. Trocitos de metal que muchas veces buscamos, y que raramente encontramos. Grapas. Que, cuando menos te lo esperas, se acaban deformando, abriendo paso a la confusión. Para mí, las grapas simbolizan muchas cosas. No sé si os ha pasado, pero al contrario que ocurre con los clavos, una grapa no suele sacar otra grapa... no hace sino más que reforzar lo que la otra sostiene. Y, ¡qué me decís del quitagrapas!... con su despiadado look y esos afilados dientes dispuestos a desgarrar a sangre fría... 


Grapas... Hace poco grapé los apuntes del último año de carrera. Llevaban varios meses sueltos pero, una vez juntos, han pasado a conformar ya un pasado de mi vida. Un pasado del que tampoco se puede prescindir y al que seguramente recurriré con mis futuras dudas. Pero ahora yacen en la estantería, presa del polvo. Las grapas aportan un orden, aunque no deja de ser nuestra jerarquía. Las grapas unen y pasan páginas, cierran capítulos, engloban historias y conocimiento. Suelen ser mis favoritas.

Grapas... que cierran las heridas más profundas, las que requieren de cirugía, algunos días de reposo, y antisépticos adicionales. Heridas del alma con grapas de esperanza y tiempo, grapas que te penetran en la piel. Algunas, incluso, dejan cicatrices.




No se me pueden olvidar las grapas de bricolaje. Aquellas que sirven para reforzar y unir mejor las piezas de nuestra obra, las que hacen de nuestras "chapucillas" diarias algo más estable y muchas veces sempiterno. Grapas que tapizan, que culminan. Éstas también me gustan.

El mundo de las grapas y grapadoras es, sin lugar a dudas, dilatado. Perforar es, muchas veces, la solución para mantener la integridad. No obstante, hay que saber utilizar la grapadora adecuada y el calibre de grapa apropiado para cada ocasión...  




domingo, 16 de marzo de 2014

RGB

San Patricio, aquel ínclito personaje que predicó años ha en aquel inhóspito lugar y que, curiosamente, nosotros tomamos como propio. Nosotros, afectados devotas del consumo masivo de cerveza y aduladores de melodías célticas que resuenan armonizadas por aquel violín bajo corazones ebrios y henchidos de pasión... ¡Qué fieles somos a las tradiciones de los demás! ¡Qué patriotas de lo ajeno! Allí fue. En medio de ese forzado folclore descubrí que no es blanco ni es negro, ni siquiera esa vasta amalgama de grises que se inmiscuye entre medias: las noches son en verde y negro. 



Me encanta la luz. Es vertiginoso ver cómo fluye, cómo refleja y cómo se absorbe la energía, aunque bien es cierto que no es oro todo lo que reluce. Los colores definen muchos aspectos de nuestras vidas, porque salí de punta en blanco, pero sin blanca, como un príncipe azul en portada de prensa rosa, pensando que no debo abandonarme, nunca sabré si conoceré a mi media naranja o a un viejo verde. Hay que ir pertrechado, sea cual sea el final, acabes morado o amarillo. Llaves, mechero, tabaco, ánimos. No faltaba nada.


En medio de aquel ejército de leprechauns lo vi todo de color de rosa y la cerveza era negra, buen presagio. Aquí surgió el verde. Amarillo y azul se disputan la tonalidad. Dicen que el verde es el color de la esperanza, de verdad lo dicen. Pero verde también es el envidioso, y verde te tornas cuando te pintan de azul y oro. Verde está el que desconoce. Verde que te quiero verde. El tequila desgarraba notas de la garganta de aquel decrépito irlandés y todos jaleaban, todos menos yo. Tan primario como el rojo, supuesto color de la pasión, sostenía la jarra y oteaba el horizonte, lejos de la procastinación.



El blanco y en botella, el verde y con asa. Una serpenteante y esquiva mirada. Dicen que a grandes males, grandes remedios, y qué mejor que ahuyentar esos males poniendo la mente en blanco. Y aquí es cuando el verde pasa a ser negro, más negro que el Tito. Sucio como el dinero monocromático.Tener la negra, verlo todo negro, negro como la endrina. No es la ausencia, es la esencia. Negros son los agujeros que evitamos, negras son las tardes de invierno. 

Amanecía. La mezcolanza de azules del alba inundaba las calles desiertas devolviendo el color a su original. Porque el humor es amarillo, y a buenas horas mangas verdes. Horas después, hecho un adefesio, un vulgar espantajo colmado de ardores abría la puerta y me fundía en las sábanas, pensando que quizá el domingo mi resaca serían agujetas de color de rosa... Los tréboles de cuatro hojas no existen ¡qué marrón! 

Confío en regarme en busca de esos brotes verdes que alimentan la vida.


miércoles, 5 de marzo de 2014

La Chispa Adecuada

"Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar."
P. Coelho







Un viejo cenicero lleno de historias inacabadas humea los restos de lo que llevas de día. Está siendo una jornada intensa. Te frotas las sienes en busca de un último aliento. Colocas el separador al acabar el párrafo y buscas refugio en un vaso de café mientras contemplas la armonía irregular del gotelé dibujada sobre la pared. Es pronto para pasar la página. El croquis mental que tienes carece ya de sentido alguno: buscas una salida. Sabes lo que quieres pero no cómo conseguirlo...¿O sí? Trazas nuevas rutas, alternativas. Tembloroso, coges el mechero y lo accionas: surge una chispa, pero no es la que necesitas. Desencadenas una combustión que intoxica tus pulmones de verdades. 

Ahora eres un ser extraño en el mismo cuerpo. El dolor ya no es un impedimento y tu esófago es de hielo, ¡y nadie ni nada puede derretirlo! Has entrado en guerra, tu guerra. Te has vuelto tremendamente exigente en todos aspectos de tu vida y sabes que eso te priva de disfrutar de tu día a día con mucha mayor intensidad, eres inmune a la vida. No paras de corregirte, no paras de equivocarte: buscas una perfecta imperfección. Tragas saliva. La música ha dejado de sonar: te encaramas a tu cruz y tú mismo refuerzas los clavos en las palmas de tus manos, sangrantes y doloridas, para evitar caer de bruces contra la realidad, Es tu "pasión" y rezas - en contra de tu escepticismo- para que un Dios te muestre el camino. Rastreas voces en el jaleo de la lluvia, miradas en la oscuridad de la noche, tristeza en la felicidad; en definitiva, lo (casi) imposible.

Y ahora, que estás podrido de sentimientos, resoplas y subes la persiana a ver si la luz de la luna te ilumina... Te entra un sudor frío, el único que últimamente conoces. Sonríes y coges la guitarra. Tiene muchas llagas incrustadas en su mediocre madera. Entonas un canto a la vida, a la felicidad, porque en el fondo sabes que siguiendo en esa línea, siendo fiel a tus principios, encontrarás en algún momento tu camino. No sabes cómo es, no quieres dejar tu suerte vendida al azar, confías en el karma... Let it be. Eres el sentido común.

Si sales del mundo puede que no vuelvas a entrar, pero día tras día flirteas con el destino. En definitiva, tus sueños se atascan por el miedo a fracasar. Todos necesitamos la chispa adecuada.





lunes, 3 de marzo de 2014

Sobrevaloramos las cosas

Cuando se es joven uno pretende anticipar las experiencias. Cuando se es mayor, se anhela la vuelta al pasado. No caemos en la cuenta de que cada cosa tiene su edad que, si una mísera palabra no hubiese sido dicha u omitida por nosotros, no seríamos nuestro "yo" actual, esa persona que se ha ido labrando lentamente en base a sus aciertos y errores, en base a sus elecciones. Obviamente, es humano preguntarse: "¿Qué hubiese pasado si....?", pero esa visión nos incita a pensar cómo hubiese actuado el "tú" de ahora, no el de aquel momento. Si no hiciste algo es porque no estabas seguro de ello, al igual que si sí lo hiciste. No atormentes tu ser con ese tipo de preguntas que no llevan a ningún lado. También, invito a poder subsanar algunos de los errores: si, por ejemplo, perdiste a un amigo por tu actitud, no es tarde para llamarle y pedirle perdón, si verdaderamente sabes que fue algo fortuito y tiene solución. 

De un modo o de otro, sobrevaloramos las cosas. Cuando alguien nos hace una crítica, tendemos a intensificar la intención, pero si es un elogio, lo tomamos como algo rutinario y nimio.... ¡NO! Estamos aplicando un distinto sesgo, y así nos va. 

Somos unos hipsters de la vida. El postureo rige cada gesto, cada palabra, cada acción y cada adquisición. Y es que, nosotros, queremos ser la imagen de lo que somos, incluso aquellos que quieren dibujarse como exclusivos son otra oveja más del rebaño.


lunes, 24 de febrero de 2014

La incesante búsqueda de la razón

Me fascinan los seres humanos - que siempre son seres, pero pocas veces humanos - que habitan este planeta, y con los que tengo la suerte o desgracia (dejémoslo en incertidumbre) de convivir.

En mis veintitantos años he conocido una extensa índole de personas. Como primer dato irrefutable, la estupidez es inherente a todos y cada uno de nosotros, incluyéndome a mí mismo, por supuesto. Además, me aventuro a decir que esta cualidad es atemporal, pero el progreso hace que se agrave - y me remito a la "célebre" cita: "gilipollas" no lleva tilde, pero se acentúa con los años - y seamos cada vez más inadaptados. 

Una de las leyes fundamentales de la estupidez, establecida por C.M. Cipolla - y aquí, la estupidez humana hará que nos riamos o saquemos rimas del apellido- viene enunciada como: "Siempre e inevitablemente, cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo".

Una vez pasado ese filtro, la estupidez está presente en un rango variable en cantidad y cualidad, y el arduo trabajo consiste en seleccionar a aquellos "más aptos" - guiándose por la más pura selección natural darwiniana - y que resulta en un cribado a gran escala, con la subsecuente distinción de unos pocos. Con esto quiero ilustrar que hay distintas modalidades de estupidez, así podemos clasificar, entre otros, a gente "simple", "tocahuevos", gente "maliciosa", etc., y todos caen bajo el mismo concepto. Dale a un estúpido poder, y gobernará el mundo.

En una sociedad en la que un sistema educativo tiene como objetivo aprobar, en lugar de aprender, ya dice mucho de nosotros. La fobia que se palpa a la cultura en muchos de los ámbitos sociales no hace sino acrecentar nuestra estupidez, nuestra oclusión intelectual nos aleja del término cefalización y nos adentra en las arenas movedizas de los más basales y simples de cuantos organismos pueblan la Tierra. Cierto es que el guiarse por instintos es consustancial a nuestra calidad animal, pero no debería llevarnos a orgullecernos de ser como somos. Realmente, comprendo la gran responsabilidad que conlleva ser un humano: vives bajo unas normas establecidas, acorde con mi teoría, por gente ya estúpida y, aunque sea imperceptible, eres el resultado de años y años de modelaje de tu plástica mente pueril. Os hablo como biólogo: todos somos las mismas moléculas, los mismos genes (aunque alguno es un enriquecido homocigoto recesivo para las más variopintas patologías), el ambiente es lo que nos hace peores. Adaptamos el ambiente a nosotros, y no a la inversa, que es como debería de ser. Deberíamos valorar más lo que tenemos y, por encima de todo, deberíamos hacer del mundo un lugar mejor.

No quiero resultar pesimista, ni mucho menos. El encontrar personas interesantes es un ejercicio personal, premiado con la satisfacción propia del trabajo bien hecho, con el fruto de amistades más jugosas e imperecederas. Es así, amigos, yo intento socializarme en círculos oligárquicos, con iguales a mí en cuanto a aspiraciones e inquietud se refiere. Por supuesto, no niego la palabra a nadie pero, si algo he aprendido, es a optimizar mis recursos y no invertir mi tiempo en infructuosas conversaciones. 

¡"Calar" a la gente es mucho más fácil de lo que parece!


domingo, 23 de febrero de 2014

Juego de miradas


Hola, amigos:

Hoy voy a hablar sobre la necesidad que tenemos muchas veces de pasear para "desconectar", para ello, os recomiendo que os ambientéis mientras escuchando esta canción (un temazo, por cierto):



Sales de casa, te conectas a tu música, y te dispones a dar un ameno paseo por las calles de tu ciudad. Esa ciudad que tanto conoces, pero que depara inmensas sorpresas en sus bulliciosas calles. Imaginaos una tarde de invierno, oscura, fría. Te aclimatas en un vetusto abrigo, que te ha acompañado en muchas de tus aventuras. Además, llevas el rostro parcialmente ocultado por una bufanda que, para entrar mejor en el papel, os tejió vuestra abuela con todo su cariño. Es realmente suave.

En tu osada introspección comienzas a observar. Enciendes un cigarro: el monóxido de carbono y el vaho emanan en una etérea conjunción. Una amable anciana pasea un perro que, por motivos de evolución, se asemeja más a un animal de alcantarilla. En cambio, ella sonríe y le habla, encontrando en él a un amigo, un cómplice. Los semáforos se impacientan, los conductores aguardan para disputarse el asfalto.

Continúas caminando y percibes cómo los niños, tiernas personas aisladas de las perversiones de la madurez, se encuentran en tu mismo papel de observador, pero buscando un ejemplo, una experiencia que les ayude a comprender en qué consiste vivir. Estas mágicas criaturas te asombran, consiguen arrebatarte una sonrisa y te provocan nostalgia: pagarías por volver a tu infancia y enmendar tus errores. Te evades. 

Al alcanzar la cristalera de una cafetería, una hermosa joven distrae tu pensamiento. Muestra una falsa felicidad, bien disimulada por el maquillaje. Deseas poder sentarte a su lado y dejarte seducir por su palabra, ser un soporte para ella, y después vibrar con la sutileza de sus manos, conocer el infierno al sentir la calidez de un beso emitido por esos labios del color de la pasión. Te atrae su mirada, buscas cruzarla con la tuya, pero te das cuenta de que la causa de su infelicidad sólo había ido al baño para intimar con su virilidad y demostrarse a sí mismo valedor de un ego estratosférico. Desistes y aprietas el paso, con un nuevo pensamiento en mente: esa desconocida.

El cigarro se ha consumido. Atraviesas un parque atestado de adolescentes que ahogan sus penas y comparten sus alegrías en vino barato, pensando que no existe un mañana. Te aborda un anhelo paternal, pero caes en la cuenta de que no eres la persona idónea para dar lecciones de vida. Vuelves a sentir nostalgia. Recuerdas anécdotas de hace una década, y se traza una sonrisa vaga en tu cara. Has rememorado accidentalmente a tus amigos del colegio, a aquella chica cuyo nombre saturaba tus cuadernos de matemáticas, las interminables tardes jugando al fútbol o hablando de lo que querías ser y de porqué habías suspendido el examen, achacando la culpa a tu profesora, que "te tiene manía". 

Ves matrimonios, personas enchaquetadas que llevan una ajetreada vida, ancianos de la mano que aún preservan algo de amor en sus ralentizados corazones, niños y más niños, perros, vagabundos y un sinfín de personas que viven una vida, su vida. Te gustaría saber más de cada uno de ellos.  A pesar de las multitudes, en ese momento tú vives en tu soledad, nadie se puede meter en tu cabeza y saber qué se esconde tras una expresión facial bastante monocorde. Tú, que te planteas tu presente y futuro, que retroalimentas tus pensamientos y sentimientos, que tomas decisiones... hasta que, en el punto álgido de tu reflexión, te das cuenta de que tu paseo ha finalizado. Ha sido una experiencia gratificante. 


domingo, 16 de febrero de 2014

El Sábado

Hola, amig@s:

Siempre he sido una persona cabal, alguien normal. No obstante, a mis veintitantos me he dado cuenta de la absoluta estupidez humana y he decidido comentar diversos aspectos que no hacen más que consolidar mi idea.

Ayer, sin ir más lejos, pintaba un sábado estándar: levantarse más tarde que los días laborables, comer, reposar la comida mientras ves una película que está abonada a la sobremesa, probablemente de Jim Carrey, Sandra Bullock o similares, leer un rato, tomar un café, etc. Pero, como en toda tarde de sábado, llega un punto en que planteas, vía Whatsapp (no wassap, ni whatsup ni otras alternativas extendidas): ¿Qué hacemos hoy? 


Aquí habrá disparidad en el número, pero seguro que todos tenéis varios grupos de Whatsapp que perturban con su incesante pitido, en los que no se dice nada y que son totalmente inútiles. ¿Dónde ha quedado llamar al fijo? Dar información de primera mano con su correspondiente lenguaje no verbal ha caído en desuso, preferimos dar lugar (y me incluyo) a decenas de mensajes vacíos y, muchas veces, hay que recurrir a lo "tradicional" para que todo el mundo se acabe enterando.

Total, tras una hora mareando la perdiz, se llega al típico: A las 22h en tal sitio. Replanteas tus tareas hasta dicha hora, sales con tiempo y llegas puntual. Raro es el día que no hay que esperar a alguien, y raro es que no sean más de 15 minutos. Luego vas a cualquier sitio, te tomas unas cervezas y unos pintxos, montaditos, o lo que sea menester en el lugar de turno. En este punto todo es, más o menos, razonable, quizá sólo quede puntualizar que el silencio y la compostura suelen brillar por su ausencia en este tipo de sitios, pero comentas con tus amigos cómo ha ido la semana, el último disco de un grupo, recuerdas anécdotas de tu adolescencia, etc. Todo ello en una atmósfera sonora embebida en esa penetrable fragancia a frito que transforma en fútil tu intento de salir limpio, aseado y oliendo decentemente.




Aquí, en Madrid, es cada vez más complicado pasar una noche amena sin tener que hipotecarte, fuera de las franquicias hosteleras, una cerveza puede equipararse a oro líquido, mientras que una copa (de dudable calidad) suele costar más que las 5 cervezas que te has tomado antes. Hasta que, a las 3 a.m., se encienden las luces y te ves en el centro de Madrid, sin transporte público, y con ganas de seguir tomándote algo. No apoyo la forma en que se hace, pero entiendo el negocio callejero de la compra-venta de Mahou por las zonas de bares. Finalmente, sueles ir a algún sitio, en el que te cobran una nada desdeñable cantidad de dinero por cruzar el umbral de sus puertas y en los que, muchas veces, no te invitan ni a una Fanta de naranja.... pero pagamos. Pagamos por ver a cuatro chicas haciéndose las difíciles mientras que un corro de 25 maromos, algo pasados de alcohol y ego, pulula por sus inmediaciones. Lamentable. Vas al ropero a dejar tu abrigo y tras el cartel de "2 €" buscas un resquicio, a salvo del charco de vodka que es el suelo, y rezas para que tu abrigo siga ahí cuando te vayas. Te pides una cerveza, por hacer algo con las manos, mientras te ponen una música de la que no sabes muy bien delimitar las canciones. Piensas que algo estás haciendo mal cuando ves que la gente se emociona con una canción de reggaeton/techno. Y pasan dos horas así.

Llegan las 6, se despierta la ciudad, coges un autobús o el metro. Con la cara descompuesta, cruzas tu mirada con la gente que va a trabajar, con otros en tu misma situación o con el típico guiri que va al aeropuerto. Llegas a tu casa forzando el cigarro "del metro a casa", un vasito de leche/zumo/agua, el trozo de pizza que ha sobrado de la cena y te metes en la cama igual de indiferente que cuando saliste de casa, pero con bastantes euros menos, sabiendo que la resaca te va a pesar toda la semana (en próximos post comentaremos el efecto de tener resaca con 3 cañas). 

Resulta estúpido, ¿no? Pues yo tengo ganas de que llegue el sábado que viene ya.