Llevo semanas frecuentando un lugar
misterioso. No sé muy bien qué clase de sitio es, pero veo a mucha gente asidua
como yo.
El dueño del sitio, un tal Josh, no debe
de ser mucho mayor que yo, pero le intuyo una vida agitada por los pliegues que
acorralan sus ojos. Alguna vez he visto también a una chica al cargo, Brenda
creo que se llama. No sé si mantiene algún vínculo afectivo con Josh, pero su
parecido físico incita a pensar que son familiares. La verdad, nunca he pasado
del intercambio de unas palabras con ella, me bloqueo cuando contemplo la
inmensidad del mar en sus ojos, y si intento esquivar el contacto visual acabo
en su escote, que es casi peor remedio para mi colapso.
Normalmente suelo tomar café cortado, sentado
en el mismo taburete del "rincón acogedor", como yo lo denomino. Me suelo apoyar en la columna y así poder contemplar a
través del cristal cómo la gente pasa. Es extraño, pero este sitio no es un
bar... aunque casi todo el mundo acompaña su presencia con algún tipo de
bebida.
Mientras Josh me sirve un café y éste se
enfría, me enciendo un cigarro y saco un cuaderno y un lápiz - me gusta poder
borrar - y escribo acerca de la gente. A la mayoría de ellos no les conozco, tal
vez ni les haya visto ni les veré físicamente, pero existen y podría recalcar cada éxito y
fracaso de sus vidas, podría detallar las arrugas que les hacen los pantalones
al sentarse.... Es un talento que descubrí hace poco y que ahora estoy
explotando. Y no es tan fácil como se
presume, requiere de un intenso aislamiento, sobre todo si merodea aquel bigotudo cincuentón que,
día tras día, está recostado en el sofá de cuero y que se mordisquea sus uñas
como si tratara de batir un récord en ponerme nervioso. Cuando parece que se ha
desgastado los dedos, empieza a balancear su pierna azotando con la rodilla el
borde de la mesilla hasta que se desploma para bucear profundo en una siesta borreguera.
Me levanto y pongo en el tocadiscos un
vinilo de los Zeppelin.
Parece la misma historia, he perdido ya la cuenta de cuantas veces lo he
escuchado, podría trazar sus giros y anticiparme a cualquiera de las notas que, con intención, desprende la Les Paul de Mr. Page... Ese álbum apenas me deja espacio para la
improvisación, pero no deja de sorprenderme. No sé qué tiene la música pero me abstrae
con mucha facilidad. Doy un sorbo y empiezo a describir:
"Lindsay, 24 años. Virgo.
Ojos azabache y cabello rojizo cayendo sobre sus hombros. Metro setenta y dos
de elegancia y dulzura... Cincuenta y seis kilos de optimismo... Alma salvaje,
pasional y creativ...".
El
tintineo de la campanilla me distrae nuevamente. No sé si Lindsay me volverá a
conceder una segunda oportunidad. Una silueta se posa cerca de Josh y comienza
a hablarle. Me resulta familiar… ¡es Brenda! Nunca la había visto de espaldas. Tembloroso cojo el lápiz de nuevo e
intento centrarme en Lindsay…
“…ividad
pura. Tenaz e inteligente. Está acabando sus estudios. Química. Además trabaja
por las noches como fotógrafa para una revista de música. Es guapa, muy guapa.
Por fuera y por dentro. Tiene un punto rebelde, pero es femenina. Luce
frecuentemente vaqueros ajustados y camisas holgadas ¡Y tiene gafas!”
Tuve
que parar. Lindsay se ajustaba demasiado a mi prototipo, y sólo existía un
problema… ¡no la conocía! Y mi extraño don me indicada, además, que no vivía ni
remotamente cerca. Sentí un cosquilleo. Odiaba cuando me veía en este tipo de
situaciones… la búsqueda del ideal.
Últimamente no trazaba más que perfiles de
chicas, más o menos coetáneas, que cumplían todo lo que yo buscaba en una
mujer... ¿Instinto? Hace años que no siento nada por nadie, desde mi última
pareja… Amanda. Entre medias sólo he tenido algún consuelo, aunque sigo
buscando con ahínco e insistencia a la Amanda 2.0 en bares, cines,
bibliotecas y restaurantes de mi ciudad. No puedo creer que, entre las decenas
de miles de habitantes, no encontrase a nadie compatible en los distintos círculos
sociales. Todo aquello se escapaba de mi alcance.
Flotando en mis divagaciones siento de repente como
algo me roza el hombro. Me sobresalto y, un poco aturdido, dirijo la mirada
hacia atrás… Brenda... Me ha traído otra taza de café y sin parar de sonreír hace
un amago de conversación.
Tras una distendida presentación confirmo
su nombre. Noto que ella está desviando sus ojos disimuladamente a mis escritos…
y me pregunta por aquello. Siento cercanía con ella y me inspira mucha confianza para contárselo. A los pocos minutos, le cedo un sitio junto a mí y compartimos más que un café: un consumo masivo de horas conversando sin que se produzca ni el más mínimo malestar. La verdad, llevo meses viendo a Brenda y nunca había incidido en que fuésemos tan compatibles... nunca me había atrevido a hablar algo trascendente con ella y, lo más extraño, ¡nunca había venido a mi mente para poder describirla!
Han pasado días y seguimos aquí sentados, hablando. Este sitio nunca cierra y ya empiezo a entender el origen de las ojeras de Josh. ¡Ya os dije que era extraño! Con Brenda las cosas siguen yendo sobre ruedas. Nuestra relación va rápido; hemos sido en pocas horas ya amigos, mejores amigos y amantes. Nos hemos desnudado con la mirada y hemos hecho el amor sin movernos de nuestras sillas. Brenda es mi Amanda 2.0, pero mucho mejor. Me doy cuenta de que estaba buscando fuera de mi jurisdicción...
Repentinamente el bar se ha cerrado, Brenda ha desaparecido y no hay rastro de nada. Comienzo a darme cuenta de un ruido impertinente... ¡la alarma!... ¡Mierda!, estaba soñando...
Este relato surge de innumerables mañanas en las que abres los ojos y te frustras, fuerzas otros minutos de sueño y sigues sin poder recordar a ese desconocido, que tan bien conocías y que lamentas que no exista (o no lo conozcas).
Siento no resaltar nada, no aportar ninguna imagen... esta experiencia es tan personal que no quiero poner énfasis ni condicionar nada, sólo espero arrancar una sonrisa y un gesto de aprobación de que a vosotros también os ha pasado.




