domingo, 16 de marzo de 2014

RGB

San Patricio, aquel ínclito personaje que predicó años ha en aquel inhóspito lugar y que, curiosamente, nosotros tomamos como propio. Nosotros, afectados devotas del consumo masivo de cerveza y aduladores de melodías célticas que resuenan armonizadas por aquel violín bajo corazones ebrios y henchidos de pasión... ¡Qué fieles somos a las tradiciones de los demás! ¡Qué patriotas de lo ajeno! Allí fue. En medio de ese forzado folclore descubrí que no es blanco ni es negro, ni siquiera esa vasta amalgama de grises que se inmiscuye entre medias: las noches son en verde y negro. 



Me encanta la luz. Es vertiginoso ver cómo fluye, cómo refleja y cómo se absorbe la energía, aunque bien es cierto que no es oro todo lo que reluce. Los colores definen muchos aspectos de nuestras vidas, porque salí de punta en blanco, pero sin blanca, como un príncipe azul en portada de prensa rosa, pensando que no debo abandonarme, nunca sabré si conoceré a mi media naranja o a un viejo verde. Hay que ir pertrechado, sea cual sea el final, acabes morado o amarillo. Llaves, mechero, tabaco, ánimos. No faltaba nada.


En medio de aquel ejército de leprechauns lo vi todo de color de rosa y la cerveza era negra, buen presagio. Aquí surgió el verde. Amarillo y azul se disputan la tonalidad. Dicen que el verde es el color de la esperanza, de verdad lo dicen. Pero verde también es el envidioso, y verde te tornas cuando te pintan de azul y oro. Verde está el que desconoce. Verde que te quiero verde. El tequila desgarraba notas de la garganta de aquel decrépito irlandés y todos jaleaban, todos menos yo. Tan primario como el rojo, supuesto color de la pasión, sostenía la jarra y oteaba el horizonte, lejos de la procastinación.



El blanco y en botella, el verde y con asa. Una serpenteante y esquiva mirada. Dicen que a grandes males, grandes remedios, y qué mejor que ahuyentar esos males poniendo la mente en blanco. Y aquí es cuando el verde pasa a ser negro, más negro que el Tito. Sucio como el dinero monocromático.Tener la negra, verlo todo negro, negro como la endrina. No es la ausencia, es la esencia. Negros son los agujeros que evitamos, negras son las tardes de invierno. 

Amanecía. La mezcolanza de azules del alba inundaba las calles desiertas devolviendo el color a su original. Porque el humor es amarillo, y a buenas horas mangas verdes. Horas después, hecho un adefesio, un vulgar espantajo colmado de ardores abría la puerta y me fundía en las sábanas, pensando que quizá el domingo mi resaca serían agujetas de color de rosa... Los tréboles de cuatro hojas no existen ¡qué marrón! 

Confío en regarme en busca de esos brotes verdes que alimentan la vida.


miércoles, 5 de marzo de 2014

La Chispa Adecuada

"Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar."
P. Coelho







Un viejo cenicero lleno de historias inacabadas humea los restos de lo que llevas de día. Está siendo una jornada intensa. Te frotas las sienes en busca de un último aliento. Colocas el separador al acabar el párrafo y buscas refugio en un vaso de café mientras contemplas la armonía irregular del gotelé dibujada sobre la pared. Es pronto para pasar la página. El croquis mental que tienes carece ya de sentido alguno: buscas una salida. Sabes lo que quieres pero no cómo conseguirlo...¿O sí? Trazas nuevas rutas, alternativas. Tembloroso, coges el mechero y lo accionas: surge una chispa, pero no es la que necesitas. Desencadenas una combustión que intoxica tus pulmones de verdades. 

Ahora eres un ser extraño en el mismo cuerpo. El dolor ya no es un impedimento y tu esófago es de hielo, ¡y nadie ni nada puede derretirlo! Has entrado en guerra, tu guerra. Te has vuelto tremendamente exigente en todos aspectos de tu vida y sabes que eso te priva de disfrutar de tu día a día con mucha mayor intensidad, eres inmune a la vida. No paras de corregirte, no paras de equivocarte: buscas una perfecta imperfección. Tragas saliva. La música ha dejado de sonar: te encaramas a tu cruz y tú mismo refuerzas los clavos en las palmas de tus manos, sangrantes y doloridas, para evitar caer de bruces contra la realidad, Es tu "pasión" y rezas - en contra de tu escepticismo- para que un Dios te muestre el camino. Rastreas voces en el jaleo de la lluvia, miradas en la oscuridad de la noche, tristeza en la felicidad; en definitiva, lo (casi) imposible.

Y ahora, que estás podrido de sentimientos, resoplas y subes la persiana a ver si la luz de la luna te ilumina... Te entra un sudor frío, el único que últimamente conoces. Sonríes y coges la guitarra. Tiene muchas llagas incrustadas en su mediocre madera. Entonas un canto a la vida, a la felicidad, porque en el fondo sabes que siguiendo en esa línea, siendo fiel a tus principios, encontrarás en algún momento tu camino. No sabes cómo es, no quieres dejar tu suerte vendida al azar, confías en el karma... Let it be. Eres el sentido común.

Si sales del mundo puede que no vuelvas a entrar, pero día tras día flirteas con el destino. En definitiva, tus sueños se atascan por el miedo a fracasar. Todos necesitamos la chispa adecuada.





lunes, 3 de marzo de 2014

Sobrevaloramos las cosas

Cuando se es joven uno pretende anticipar las experiencias. Cuando se es mayor, se anhela la vuelta al pasado. No caemos en la cuenta de que cada cosa tiene su edad que, si una mísera palabra no hubiese sido dicha u omitida por nosotros, no seríamos nuestro "yo" actual, esa persona que se ha ido labrando lentamente en base a sus aciertos y errores, en base a sus elecciones. Obviamente, es humano preguntarse: "¿Qué hubiese pasado si....?", pero esa visión nos incita a pensar cómo hubiese actuado el "tú" de ahora, no el de aquel momento. Si no hiciste algo es porque no estabas seguro de ello, al igual que si sí lo hiciste. No atormentes tu ser con ese tipo de preguntas que no llevan a ningún lado. También, invito a poder subsanar algunos de los errores: si, por ejemplo, perdiste a un amigo por tu actitud, no es tarde para llamarle y pedirle perdón, si verdaderamente sabes que fue algo fortuito y tiene solución. 

De un modo o de otro, sobrevaloramos las cosas. Cuando alguien nos hace una crítica, tendemos a intensificar la intención, pero si es un elogio, lo tomamos como algo rutinario y nimio.... ¡NO! Estamos aplicando un distinto sesgo, y así nos va. 

Somos unos hipsters de la vida. El postureo rige cada gesto, cada palabra, cada acción y cada adquisición. Y es que, nosotros, queremos ser la imagen de lo que somos, incluso aquellos que quieren dibujarse como exclusivos son otra oveja más del rebaño.


lunes, 24 de febrero de 2014

La incesante búsqueda de la razón

Me fascinan los seres humanos - que siempre son seres, pero pocas veces humanos - que habitan este planeta, y con los que tengo la suerte o desgracia (dejémoslo en incertidumbre) de convivir.

En mis veintitantos años he conocido una extensa índole de personas. Como primer dato irrefutable, la estupidez es inherente a todos y cada uno de nosotros, incluyéndome a mí mismo, por supuesto. Además, me aventuro a decir que esta cualidad es atemporal, pero el progreso hace que se agrave - y me remito a la "célebre" cita: "gilipollas" no lleva tilde, pero se acentúa con los años - y seamos cada vez más inadaptados. 

Una de las leyes fundamentales de la estupidez, establecida por C.M. Cipolla - y aquí, la estupidez humana hará que nos riamos o saquemos rimas del apellido- viene enunciada como: "Siempre e inevitablemente, cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo".

Una vez pasado ese filtro, la estupidez está presente en un rango variable en cantidad y cualidad, y el arduo trabajo consiste en seleccionar a aquellos "más aptos" - guiándose por la más pura selección natural darwiniana - y que resulta en un cribado a gran escala, con la subsecuente distinción de unos pocos. Con esto quiero ilustrar que hay distintas modalidades de estupidez, así podemos clasificar, entre otros, a gente "simple", "tocahuevos", gente "maliciosa", etc., y todos caen bajo el mismo concepto. Dale a un estúpido poder, y gobernará el mundo.

En una sociedad en la que un sistema educativo tiene como objetivo aprobar, en lugar de aprender, ya dice mucho de nosotros. La fobia que se palpa a la cultura en muchos de los ámbitos sociales no hace sino acrecentar nuestra estupidez, nuestra oclusión intelectual nos aleja del término cefalización y nos adentra en las arenas movedizas de los más basales y simples de cuantos organismos pueblan la Tierra. Cierto es que el guiarse por instintos es consustancial a nuestra calidad animal, pero no debería llevarnos a orgullecernos de ser como somos. Realmente, comprendo la gran responsabilidad que conlleva ser un humano: vives bajo unas normas establecidas, acorde con mi teoría, por gente ya estúpida y, aunque sea imperceptible, eres el resultado de años y años de modelaje de tu plástica mente pueril. Os hablo como biólogo: todos somos las mismas moléculas, los mismos genes (aunque alguno es un enriquecido homocigoto recesivo para las más variopintas patologías), el ambiente es lo que nos hace peores. Adaptamos el ambiente a nosotros, y no a la inversa, que es como debería de ser. Deberíamos valorar más lo que tenemos y, por encima de todo, deberíamos hacer del mundo un lugar mejor.

No quiero resultar pesimista, ni mucho menos. El encontrar personas interesantes es un ejercicio personal, premiado con la satisfacción propia del trabajo bien hecho, con el fruto de amistades más jugosas e imperecederas. Es así, amigos, yo intento socializarme en círculos oligárquicos, con iguales a mí en cuanto a aspiraciones e inquietud se refiere. Por supuesto, no niego la palabra a nadie pero, si algo he aprendido, es a optimizar mis recursos y no invertir mi tiempo en infructuosas conversaciones. 

¡"Calar" a la gente es mucho más fácil de lo que parece!


domingo, 23 de febrero de 2014

Juego de miradas


Hola, amigos:

Hoy voy a hablar sobre la necesidad que tenemos muchas veces de pasear para "desconectar", para ello, os recomiendo que os ambientéis mientras escuchando esta canción (un temazo, por cierto):



Sales de casa, te conectas a tu música, y te dispones a dar un ameno paseo por las calles de tu ciudad. Esa ciudad que tanto conoces, pero que depara inmensas sorpresas en sus bulliciosas calles. Imaginaos una tarde de invierno, oscura, fría. Te aclimatas en un vetusto abrigo, que te ha acompañado en muchas de tus aventuras. Además, llevas el rostro parcialmente ocultado por una bufanda que, para entrar mejor en el papel, os tejió vuestra abuela con todo su cariño. Es realmente suave.

En tu osada introspección comienzas a observar. Enciendes un cigarro: el monóxido de carbono y el vaho emanan en una etérea conjunción. Una amable anciana pasea un perro que, por motivos de evolución, se asemeja más a un animal de alcantarilla. En cambio, ella sonríe y le habla, encontrando en él a un amigo, un cómplice. Los semáforos se impacientan, los conductores aguardan para disputarse el asfalto.

Continúas caminando y percibes cómo los niños, tiernas personas aisladas de las perversiones de la madurez, se encuentran en tu mismo papel de observador, pero buscando un ejemplo, una experiencia que les ayude a comprender en qué consiste vivir. Estas mágicas criaturas te asombran, consiguen arrebatarte una sonrisa y te provocan nostalgia: pagarías por volver a tu infancia y enmendar tus errores. Te evades. 

Al alcanzar la cristalera de una cafetería, una hermosa joven distrae tu pensamiento. Muestra una falsa felicidad, bien disimulada por el maquillaje. Deseas poder sentarte a su lado y dejarte seducir por su palabra, ser un soporte para ella, y después vibrar con la sutileza de sus manos, conocer el infierno al sentir la calidez de un beso emitido por esos labios del color de la pasión. Te atrae su mirada, buscas cruzarla con la tuya, pero te das cuenta de que la causa de su infelicidad sólo había ido al baño para intimar con su virilidad y demostrarse a sí mismo valedor de un ego estratosférico. Desistes y aprietas el paso, con un nuevo pensamiento en mente: esa desconocida.

El cigarro se ha consumido. Atraviesas un parque atestado de adolescentes que ahogan sus penas y comparten sus alegrías en vino barato, pensando que no existe un mañana. Te aborda un anhelo paternal, pero caes en la cuenta de que no eres la persona idónea para dar lecciones de vida. Vuelves a sentir nostalgia. Recuerdas anécdotas de hace una década, y se traza una sonrisa vaga en tu cara. Has rememorado accidentalmente a tus amigos del colegio, a aquella chica cuyo nombre saturaba tus cuadernos de matemáticas, las interminables tardes jugando al fútbol o hablando de lo que querías ser y de porqué habías suspendido el examen, achacando la culpa a tu profesora, que "te tiene manía". 

Ves matrimonios, personas enchaquetadas que llevan una ajetreada vida, ancianos de la mano que aún preservan algo de amor en sus ralentizados corazones, niños y más niños, perros, vagabundos y un sinfín de personas que viven una vida, su vida. Te gustaría saber más de cada uno de ellos.  A pesar de las multitudes, en ese momento tú vives en tu soledad, nadie se puede meter en tu cabeza y saber qué se esconde tras una expresión facial bastante monocorde. Tú, que te planteas tu presente y futuro, que retroalimentas tus pensamientos y sentimientos, que tomas decisiones... hasta que, en el punto álgido de tu reflexión, te das cuenta de que tu paseo ha finalizado. Ha sido una experiencia gratificante.